La cebra vendió una línea
Juan Camilo Ortíz Villa
Cuando se dice la venta
de un defensor afecta la capacidad de ataque del equipo en el que jugaba,
generalmente se está hablando de un lateral. Esto sucedió con el FC Barcelona
la temporada pasada, cuando dejó ir a Dani Alves a la Juventus. Y si bien es precisamente
del club turinés de quien hablaremos, no se trata de un defensor de banda sino
de un central: Leonardo Bonucci.
En principio, pareciera
que la importancia ofensiva que se le podría otorgar a un defensor central
recae en su capacidad de juego aéreo para las pelotas paradas. En muchos casos
esto es cierto, pero el antiguo 19 de la Vecchia Signora era una pieza clave de
su mecanismo ofensivo - entendiendo el ataque como todas las acciones de un
equipo en posesión del balón –.
Con el arribo de Antonio
Conte a la Juventus en el 2011, también llegó un nuevo sistema de juego que
giraba alrededor de una de las peticiones del nuevo entrenador: Andrea Pirlo.
El exrossonero fungió como gestor de la mayoría de ataques del
club turinés, especialmente por su habilidad de pases largos, y esto fue uno de
los factores que resultó en los tres scudetti que conseguiría
Conte.
Sin embargo, en la
Champions League la historia fue distinta. En el 2013, el entonces director
técnico del Bayern Munich, Jupp Heynckes, identificó correctamente la
estrategia de la Vecchia Signora y plantó a Toni Kroos al lado de Pirlo,
impidiendo su conexión con el balón. Sin más alternativas de ataque, la
Juventus tuvo unos cuartos de final sin anotar un solo gol.
Uno de los grandes méritos
del actual técnico juventino, Massimiliano Allegri, quien tomó las
riendas después de la partida de Conte, fue sobrepasar ese obstáculo. No lo
hizo abandonando el sistema de su predecesor, de hecho, mantuvo la función de
Pirlo incluso después de la partida del jugador, delegándole la tarea a Miralem
Pjanic. Su logro fue complementarlo, respondiendo a la pregunta ¿cómo dar
salida cuando el volante encargado está bloqueado?
La respuesta ya estaba
dentro del club y se llamaba Leonardo Bonucci. Su capacidad de salida en largo
ya había quedado de manifiesto en algunos partidos de la época de Conte, pero
en ese entonces solo se miró como un valor agregado del defensor. No obstante,
Allegri encontró en él una segunda fuente para la ofensiva y, de este modo, el
jugador de campo más atrasado se volvió vital para el más adelantado.
Así, la Juventus
solidificó su propuesta y obtuvo resultados destacables, alcanzando la final de
la Champions League en 2015 y 2017. La estrategia era clara y efectiva. El
mediocampista encargado de dar salida, fuera Pirlo o Pjanic, era la primera
opción para comenzar la jugada. Si los presionaban, el balón pasaba a Bonucci
quien, más atrás pero no menos preciso, lanzaba los pases largos. Cuando
hostigaban también a Bonucci, bastaba despejar el balón hacia la zona de Mario
Mandzukic, pues presionando las dos fuentes de ataque del club turinés, el
rival se quedaba sin jugadores para ganar los rebotes que terminaban a
disposición de la Vecchia Signora.
Un sistema ciertamente
ingenioso y sin embargo, desarmado por la misma Juventus. La venta de Bonucci
al AC Milan deja la incógnita de cómo se mantendrá este sistema, ya que en el
caso que Mehdi Benatia o Daniele Rugani –las alternativas para esa posición– puedan sustituirlo defensivamente, no podrían cumplir jamás con su rol
en ataque. Incluso acudiendo al mercado, no hay a primera vista un jugador
fácilmente adquirible que funcionaría.
Por eso es preocupante
la venta de Bonucci. El central se había convertido en un componente endémico
del equipo rayado, era una de las líneas de la cebra. El club turinés ya
padeció el primer revés de esta transferencia, perdiendo la supercopa italiana
contra una Lazio que con solo bloquear a Pjanic dejó coja la ofensivab bianconera.
Nadie puede negar que la Juventus siga siendo ella misma y que aún pueda
superar a animales más pequeños. Pero se ve extraña; le hace falta algo al
organismo. Es como si la cebra estuviera más vacía.

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