Skyhook: Carlo, tu sei Hugh Hefner
Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
Cuando en los años 70 el imperio Playboy se vino abajo, los vientos en la redacción no se arremolinaron ni se produjo una hecatombe que desembocara, como casi todas las caídas en el sector editorial, en una serie de despidos en masa -por ende, la cancelación de muchas suscripciones a revistas del hogar y la reducción de las filas en los estrenos de las películas de Jane Fonda-. Hefner, quien dio vida al magazín y labró un concepto que trascendió las barreras del mercado editorial, supo que la única necesidad de una monstruosa maquinaria que se había quedado sin aceite ante la velocidad de la competencia era encontrar quién diera un cambio de enfoque para resurgir y seguir a flote más fuerte que antes.
Hefner, cual rey sobrado de
pericia y sagacidad, cedió las llaves del reino a su hija, Christie, y esta
levantó a la revista del bache, la volvió a situar en el pico del mercado y
expandió el espectro comercial de la marca logrando que Playboy llegara al cine,
el video -innovador para entonces- y la cibernética. La pequeña Hefner
reacondicionó un Koenigsegg con el chasis maltrecho para que volviera a lucir
acorde a su poderoso motor. Más tarde, con el auto reluciente y el motor
desempolvado, Hugh tomó las llaves y volvió a ser el rey.
Carlo Ancelotti,
recientemente relegado en el Bayern de Múnich, es Hugh Hefner. Ha caído, a
pesar de que su despido se pueda considerar apresurado e incorrecto, pero
volverá. Porque, como dijo Sófocles alguna vez, los decretos no tienen la
fuerza suficiente para permitir al hombre ignorar las leyes inmutables de los
dioses, pues su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre. Ancelotti
hace parte de ese olimpo de dioses de la Copa de Europa cuyos decretos son
inmutables y cuya palabra no tiene reversa; pocos entrenadores llevan cubos de
hielo en la sangre como para, tras las críticas por dejar fuera de un cotejo
mediático a los pesos pesados del vestuario, afirmar con la serenidad de un
personaje de Tolstoi: “Je ne regrette rien” -no me arrepiento de nada-. Las
copas en el bar junto a Paisley, Ferguson, Michels, Herrera y Sacchi se las ha
ganado a pulso.
El Bayern, ese equipo que de
la mano de Jupp Heynckes parecía tener madera para tiranizar europa, es
Playboy. La velocidad centrífuga a la que corre el medio, el reinado
indiscutible de un monarca -Real Madrid- y la amenaza de aquellos reinos que
cuentan con príncipes de sangre azul esperando por el cetro -Kylian Mbappé,
Paulo Dybala y compañía- han acabado por, aparentemente, relegarlo de la
discusión por la corona continental, esa que parece, cada vez más, cortar de
raíz los aires subversivos para privilegiar a una élite que se retroalimenta y,
en un acuerdo tácito, actúa para simplemente cederse la silla.
Dentro de sus filas tiene
materia prima suficiente para cambiar el aceite y volver a sembrar el pánico en
sus giras por el viejo continente; la clave está en encontrar a su Christie
Hefner que le de nuevas dimensiones al gigante bávaro. A fin de cuentas,
Playboy siguió siendo Playboy, y el Bayern volverá a ser el Bayern. Así
Beckenbauer y Rummenigge deban volver a vestirse de cortos y enfundarse las
botas para lograrlo. Es lo que tienen los imperios milenarios; jamás caen, solo
se transforman.
Hugh Hefner (QEPD)

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