Skyhook: El error humano y la suerte

Daniel Hinojosa (@rovesciatta)
La debacle de Atlético Nacional
en Japón no es explicable dentro de parámetros lógicos. Ni por táctica, ni por
falta de preparación, ni ningún factor futbolístico duro que se nos pueda
ocurrir. La balanza la han terminado inclinando los intangibles, esos tan
temidos que pasan por debajo de la mesa en la gran cena de la conversación
futbolística porque, aunque todos desean tenerlos a favor, no existe trago más
amargo que verlos obrar en contra ante la impotencia de no poder luchar contra
ellos.
Simeone dijo alguna vez que la
suerte siempre empalma con el más preparado, y que por ello él intentaba ser
siempre el más preparado en la contienda, para tratar así de seducir a la
suerte. Claramente, en momentos donde la necesitó, la suerte le abandonó,
concretamente en un desquiciado e histórico minuto 92:48. La suerte es una
ramera que elige sin discriminación; y que como hoy puede negar sus amores,
mañana quizá toque a la puerta con lencería negra y una botella de Bourbon. Se
le ama y se le odia, sin grises.
Nacional hizo lo que debía en
teoría, dominó en todas las facetas del juego desde el principio, salvo en los
tramos finales donde se vio embriagado por la desesperación del marcador y la
oportunidad histórica que se esfumaba. Se topó, sorpresivamente, con un onceno
ordenado, serio, aplicado, subvalorado y con la suerte de su lado. Y ante la
suerte no hay nada que se pueda hacer. En la temporada más laureada de su
historia ha sufrido quizá la debacle más estrepitosa de su historia. Altos y
bajos, claros y oscuros; el fútbol, señores. Porque se hace válida aquella
máxima que el balompié lleva tatuada y saca a relucir religiosamente cada vez
que se nos va olvidando: el que no los hace, los ve hacer.
El partido quedará para la
historia por donde se le vea. Por el resultado, por la dinámica o por la
“innovación”. El primer partido en la historia del fútbol en el que se utiliza
tecnología para sancionar un penalti queda manchado por el error. Y es ciertamente
justo, no es más que justicia poética; porque cuando se desprende al deporte de
una de sus condiciones innatas nada bueno puede suceder. El error humano hace
parte de la naturaleza orgánica del juego en sí mismo. Y nos quitan eso.
Ciertamente, queda poco en qué creer. Menos mal nos queda la ilusión de la
décima película de Tarantino y de la (pronta) jubilación de Coelho.
Aun así, hay cabida para una
explicación de tinte macondiano: La sucesión de episodios enigmáticos e
inconcebibles. El V.A.R. (Video Assistant Referee), Alberigo Evani (el armar
mal una barrera) y Jonathan Fabbro. Simplemente no se nos da en Japón, no se
nos da el cetro mundial. Hasta en eso somos fieles a nuestra tradición. Todas
nuestras debacles, que escapan de la explicación lógica, tienen una validación
folclórica inconcebible en cualquier otra cultura diferente a la del sagrado
corazón. Y qué le vamos a hacer si así somos.
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