Una fiesta en amarillo y gris
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Hace más de un siglo que Francia sueña durante el mes de julio. En amarillo sol y oro, en gris de montañas y adoquines, en lazos que abrazan al país. Hace más de un siglo que entre Géo Lefèvre y Henri Desgrange se inventaron una carrera que tenía como objetivo no buscar el más difícil todavía, sino vender más periódicos que sus rivales. La llamaron el Tour de Francia, la bautizaron con leyendas por venir.
Pensar que
hoy el Tour ha cambiado es mirar con ojos de adulto en lugar de con pupilas de
niño. Hay más gente, más dinero, las bicicletas son más avanzadas, los atletas
van mejor preparados. No importa, la aventura continúa siendo la misma,
idéntica, porque la pasión también lo es. El Tour es Francia, el Tour es el
verano, la canícula gloriosa y alegre, las fiestas al atardecer en cada pueblo,
el recorrer multicolor de una pequeña ciudad que picotea cada tarde por los
territorios míticos de la geografía gala. El Tour nace y muere en Paris, toca
los Pirineos de Eugenia de Montijo, se adentra en el Ducado de los Saboya, osa
hollar el templo legendario a Mercurio en el Puy de Dôme, aspira el olor a
pinos en Las Landas, guarda silencio de respeto en las cercanías de Verdún. No
es una vuelta, sino un homenaje. A un país. A una idea.
A una noción
ficticia, también, como es la de la grandeur
francesa, el chauvinismo desmesurado. Desgrange, el gran papá del Tour, era
hombre extremadamente conservador, amante de su tierra, desdeñoso con
modernidades y extranjerías. Alguien que no tuvo empacho en llamar “cerdos
hunos” a los alemanes en un artículo durante la Gran Guerra, mientras exhortaba
a los jóvenes galos para que fueran patrióticamente a cargarse a unos cuantos
“boches”. Un tipo íntegro, ya ven…al menos de puertas afuera, porque su vida
personal era tan escandalosa, disoluta y, sí, cachonda que daría para un libro.
Pero así es la historia…las cabareteras quedan para lo privado, y la imagen de
Desgrange es tan recia, severa y abrumadora como su legado.
Así que la
carrera nace en 1903 como un medio propagandístico de L´Auto, el diario
organizador, y muy pronto va a ir creciendo. Entre otras cosas porque supone un
reto fascinante: nada menos que recorrer en bicicleta toda la geografía
francesa. Epatante. Y como quizá eso no fuera suficiente se van incorporando
nuevas dificultades. En 1910 el Tour franquea los grandes pasos pirenaicos, un
año después prueba con los alpinos, en 1930 se instaura la competición por
nacionalidades huyendo de las ayudas en los equipos. Hay más cosas, claro: los
ciclistas solo podían llevar un único jersey para toda la etapa, por muy
maratoniana que fuera, con lo que si habían de cubrirse 300 o 400 kilómetros
forzosamente se pasaba un frío helador por la noche, cuando empezaba la
competición, o un calor intenso a media tarde. Tampoco se podía cambiar de
bicicleta, a no ser que estuviese completamente inservible, por lo que no eran
pocos quienes llevaban un martillo encima…por si hubiera que ayudar al cuadro a
quebrarse. ¿Mecánicos? Prohibidos. ¿Asistencia en carrera? Nada, si pinchas te
arreglas tú mismo el pinchazo. ¿Masajes? Los buenos, los ases, podían disfrutar
de ellos…el resto…en fin, uno puede llegar hasta rincones insospechados de la
propia anatomía con un poco de imaginación.
Uno podría
pensar que aquello era el suplicio de Tántalo, la miseria y el dolor
transformado en deporte. Y sí…pero no solo. Porque también estaba lo otro.
Estaban las noches, las fiestas. Estaban los ciclistas que no tenían dinero
para pagarse el hotel, y que hacían exhibiciones de acrobacias antes de cada
etapa, pasando después la gorra entre el público. Estaba Yvette Horner sentada
en el techo de un coche de la caravana publicitaria, arrancándole melodías a su
acordeón, ora tristes, ora de las de echarse a bailar. Estaban las ciudades de
provincias que saludaban la llegada del Tour como si fuese la fiesta más
importante del año (y lo era). Y estaban ellos. Los campeones, los ganadores,
algunos de los peores también. Los ciclistas más carismáticos, los amados por
el público. Los ojos azules de Pelissier, la sonrisa pícara de Leducq, la
inocencia en la cara de Vietto, la formidable presencia de Faber. Todos ellos
hacían fantasear a niños y mayores con sus hazañas. Todos ellos pedalearon en
una fábrica donde se creaban sueños.
Luego ya
llegaron los otros. Los Coppi, los Anquetil, los Merckx. Y hubo bicis con
cambios, y cascos aerodinámicos, y más televisión, y asfalto en todas las
carreteras. Pero eso fue después. Después.
Cuando los
modernos transitaron las rutas que antaño se habían sembrado con ilusiones.

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