La parábola del zar enfadado
Por: Daniel Hinojosa (@bigscaramouche).
Han
intentado asesinar al zar. Sin armas blancas, sin revólver. El puñetazo de
soslayo de un Diesel humano sacudió al zarévich, dejándole secuelas en forma de
pequeños descocidos a lo largo de la comisura labial y rasguños en la
dentadura. Es 28 de mayo del 2004, el otoño va dando sus últimas pinceladas
sobre el cielo. Al oeste de los Estados Unidos, en un pabellón en ebullición,
los vientos se arremolinan como aguas tibias azotadas por un huracán. Una
bocanada de ese aire espeso entra intempestivamente por el túnel de vestuarios,
haciéndole cortina a la irrupción del hercúleo lituano. El silencio ante su
entrada eriza la piel. Nadie se entromete en su camino al vestuario en un acto
de amor propio y voluntad por salvaguardar la integridad física.
El
zar, que es caníbal de sí mismo, no concibe la falta de respeto de un rey que
él no reconoce como rey. En realidad, el zar no reconoce la supremacía de
nadie, respondiendo a la voracidad de su espíritu ganador y resiliente. El
mismo espíritu del que echó mano para levantarse de una lesión, en los
convulsos años 80, que para muchos es el punto final de un libro,
independientemente de cuántas páginas le falten por escribir. Sentado en un
banquillo diminuto, esconde la mirada entre las piernas y el suelo. Ofuscado,
apesadumbrado, molesto, con los pómulos enrojecidos como si hubieran recibido
salpicaduras de salsa picante o un leve espolvoreo de rubor para payasos.
Antonio
Harvey, desde el banquillo contiguo, observa de reojo a Arvydas Sabonis
levantar la cabeza y emprender una diatriba contra todo y contra todos.
Mientras el gigante de 2 metros y medio vociferaba, en un inglés gangoso con
acento del este de Europa, Harvey ignoraba la situación restándole
trascendencia. En un momento el vómito de palabras se detiene y Sabonis vuelve
a agachar la cabeza. Toma aire, resopla cual toro en medio de la corrida y le
espeta su compañero, con absoluta frialdad y determinación:
— “I’ll kill him”
La
connotación de esa frase no era únicamente deportiva. El tono de aquella voz de
tarro transmitía absoluto convencimiento de tomarse la vida de aquel Diesel con
sus propias manos. La escena finaliza y el hércules lituano sale al parqué con
una sola consigna. En el ecuador de la faena recibe un balón de Rasheed Wallace
en el perímetro. Dribla por la derecha como cabalgando en plena guerra de
Troya, colisiona contra el Diesel de 148 kilos en el camino, dejándolo
petrificado como una estatua de sal, y levanta el vuelo para hundir la espada
en el corazón del duopolio fastuoso, asesinando a una virgen inocente en el
proceso.
Quienes
jugaron al baloncesto entre 1980 y finales del siglo XX gozaron de la fortuna
histórica de no coincidir con el zar en sus años mozos a causa del régimen.
Porque de haber sido así, absolutamente nadie en el reino se hubiese atrevido a
siquiera mirarlo a los ojos, pues este no necesitaba séquito ni armas para
saldar sus cuentas.

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