La Naranja Mecánica: el legado Cruyff
La Copa del Mundo es el evento más grande
del deporte. La cultura que se gestó en torno al fútbol generó un torneo que, con
88 años de existencia, se instaló como la competición con mayor importancia a
nivel mundial. Y a lo largo de dicha historia se han presentado equipos
legendarios. La Brasil de Pelé marcó un antes y un después, ni que se diga la
Argentina de Maradona en el 86. También tiene su espacio la Francia de Zidane o la España de 2010.
Fueron equipos que maravillaron al mundo entero. Levantaron la copa e
inscribieron su nombre entre los más grandes de este deporte. Pero hay una
selección que no se coronó. Una selección que si bien se quedó a las puertas -y
vio como se inmortalizaba la Alemania de Franz Beckenbauer- entró al Olimpo de
los grandes equipos mundialistas. La Holanda del 74 no alzó el trofeo que le
atribuía ser el mejor país del mundo, pero su
estilo de juego marcó quiebre en la historia moderna del
fútbol.
Si hacemos memoria, los subcampeones no
ocupan siquiera una cuarta parte de los recuerdos que a la Copa del Mundo se
le atañen. Es muy difícil pensar en aquellos que perdieron la final. Los que
recuerdan la historia desde el lado negativo, con recelo y con un remordimiento
interno que, si bien se puede superar con el pasar de los años, se muestra como
un evento imborrable dentro de lo vivido. No hace falta ahondar en una
explicación que el ser humano, por su naturaleza de competitividad, entiende a
la perfección. La Holanda de Johan Cruyff jamás saldrá de un entorno que los
crítica y menosprecia por no haberse alzado con el campeonato. Pero convertirse
en el máximo exponente entre aquellos que llamamos perdedores, dice mucho más de
un equipo que sí revolucionó el fútbol de su época.
El libro “Brilliant Orange” de David Winner
define el contexto en el que Holanda, como país, se encontraba en los años
previos al mundial de 1974. Entre 1949 y 1955, la selección sólo ganó dos de
los 27 partidos que logró disputar. No era ni por poco una referencia a nivel
mundial. Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial no fueron buenos. “Si
no tenemos éxito en controlar el juego brusco, dentro de 50 años aquí no se va
a jugar más al fútbol”, decía el presidente de la Asociación de Fútbol
Holandés, Wim Meuleman. Mientras Uruguay lograba la hazaña que hoy recordamos
como el “Maracanazo” y Pelé comenzaba a deslumbrar en los mundiales, el fútbol
de los Países Bajos era aún muy pobre. Lejos estaba, entonces, de cualquier competitividad regional.
Holanda comenzaba a reaccionar. Para la
década de los 60 se inició una revolución en el fútbol local. Se apostó por un
profesionalismo de las ligas más importantes y los resultados comenzarían a verse en los años venideros. Un punto de inflexión fue la llegada de Rinus Michels al Ajax a mediados
de esa década. La preparación física sumó mucha importancia dentro de la planificación.
El juego colectivo era un pilar que se priorizaba por encima de cualquier otro.
Por si fuera poco, en 1964, debutaba con tan solo 17 años de edad un jugador que
en el momento en el que se escriben estas líneas, es considerado uno de “los
cuatro grandes” en la historia del fútbol mundial. Hendrik Johannes Cruijff entraba en
escena.
Fue entonces cuando el cambio para el
fútbol holandés parecía inminente. Con Rinus Michels en el banco y con Johan
Cruyff en el campo, el Ajax consolidó tres elementos fundamentales que los llevó a
ganar la primera de tres Copas de Europa consecutivas: practica del fuera de
juego, pressing ofensivo y posesión del balón. En los primeros tres años de la
década del 70, el fútbol holandés saltaba a la cima del escenario europeo.
Luego de vencer a Panathinaikos en la primer final, Michels partió al Fútbol
Club Barcelona. Su legado se mantuvo intacto y en los dos años siguientes Cruyff
lideró al club para vencer a Inter de Milan y Juventus respectivamente. Nadie
podía ante un equipo que ya se ganaba la etiqueta de jugar un fútbol total.
El mundial que organizó Alemania Federal en
1974 era una oportunidad única para consagrar a Holanda como el país que mejor
fútbol practicaba, pocos años después de encontrarse en los estratos más bajos
del fútbol europeo. Rinus Michels había convencido un año antes a Johannes para ir a jugar a Catalunya. Otra vez volvían a juntarse las dos personas más
influyentes del momento. El resultado de dicha unión fue nada menos que una liga española, la primera desde 1960. Durante la competición en suelo teutón, en la primera fase se quedaron con el liderato del Grupo A tras empatar sin goles ante Suecia y derrotar a Uruguay (2-0) y a Bulgaria (4-1). En la segunda ronda barrieron a Argentina (4-0), Alemania Democrática (2-0) y Brasil (2-0). La final fue ante la selección local, Alemania Federal. Cruyff provocó un penal a los 2 minutos de haber comenzado el partido, lo cual se tradujo en ventaja para los holandeses. Sin embargo, Paul Breitner y Gerd Müller concretaron una histórica remontada. Franz Beckenbauer levantó el trofeo en el Olímpico de Munich, ante la mirada de Rinus y Johannes en un estadio que explotaba de emoción.
La Holanda del 74 fue el reflejo de ese
“fútbol total” que durante la década previa los holandeses se empeñaron en desarrollar. El mundo entero se deleitaba con la presión alta de una selección
que arrolló al resto de los países. Era un equipo que se basaba en la
multifuncionalidad de sus jugadores. En la jugada que provocó el penal al
principio de la final de Munich, Cruyff partió como último hombre. Era un
sistema que desconcertaba a los rivales. Una revolución en el fútbol de la
época que vio como una de las mejores selecciones en la historia se quedaba a
las puertas de la consagración. Quizá sea por esto último que no se les
recuerde como se merecen. Es imposible no creer que en un evento que se realiza
cada cuatro años la suerte no juega un papel fundamental. Pero no la suerte de
esperar quien sale favorecido, sino aquella suerte de que en algún momento
dado, las cosas no salgan como el rival espera.
"No éramos simplemente un grupo de jugadores que se movían para adelante y para atrás. Michels cambió la mentalidad. Los defensores iban para adelante, los delanteros venían para atrás. Jugábamos presionando al otro equipo, asumiendo grandes riesgos en el fondo. Y hasta el arquero, Jongbloed, era un líbero”, recordó Wim Rijsbergen cuando fue entrevistado por el New York Times.
"No éramos simplemente un grupo de jugadores que se movían para adelante y para atrás. Michels cambió la mentalidad. Los defensores iban para adelante, los delanteros venían para atrás. Jugábamos presionando al otro equipo, asumiendo grandes riesgos en el fondo. Y hasta el arquero, Jongbloed, era un líbero”, recordó Wim Rijsbergen cuando fue entrevistado por el New York Times.
Johan Cruyff cayó en la final de un
mundial, poco tiempo después de levantar tres Copas de Europa con el Ajax. Su
Holanda se quedó muy cerca de entrar en ese lote de grandes campeones en la
historia del fútbol. Pero el juego desarrollado durante ese torneo, coloca a
la “Naranja Mecánica” como uno de los grandes ejemplos de este deporte. Una selección
que no necesitó de un resultado para forjar su inmortalidad. Aunque es
imposible no pensar que hubiese pasado si el final hubiese sido distinto. Si
Hendrik Johannes Cruijff hubiese levantado la Copa del Mundo.




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