El niño que quiso gritar
Por: Juan Camilo Ortiz Villa.
Aplastar
el sueño de un infante no siempre fue gracioso. Por lo menos no lo era el 7 de
Mayo de 2009. Ese día, un niño estaba en el estadio y él, al igual que muchos
otros, aprendió que una porción de los villanos en el mundo lucen como los de
las historietas. A falta de un parche y una cicatriz en el ojo, era el
prototipo perfecto: proveniente del noreste europeo, sus rasgos le seguían el
juego, además de su calvicie con la que han sido caracterizados los científicos
nucleares malvados de las viñetas.
Este
tipo sería el arquetipo de otro tipo de villano, pero pocos alcanzarían lo
turbio del modelo original. Porque no solo era el dibujo antagónico para los
héroes del niño; sus acciones lo respaldaban. Usando su poder para el mal,
amenazaba todo lo que aquel chico en el estadio –así no lo haga textualmente– podía querer en su inocencia: justicia para que cuando creciera, sus esfuerzos
fueran retribuidos con belleza y alegría.
El
niño era alemán y, aunque no estuviera en su tierra natal, batallaba como un
prócer, un héroe, una leyenda. A veces olvidaba que era un chico –y que bueno
que era cuando los demás también lo olvidaban- e impresionaba no solo por su
vehemencia, sino por su técnica. Cuando luchaba tenía un ‘13’ en la espalda, que si
bien hubiera sido un tatuaje perfecto, era más bien una cicatriz. De hecho, al
principio sí eran solo números dibujados, pero desde la temporada anterior era
una marca que llegaba más lejos que la epidermis.
El
renovado significado de su dorso había sido una lección dura y clara, cuyo
cantó comenzó Blades en el 78: la vida te da sorpresas, porque no solo se
tropiezan los borrachos, también le puede suceder a tu capitán. El ‘13’ ahora simbolizaba el
número de disputas que había necesitado su equipo en el 2008 para ser campeón,
cantidad que sí jugó, pero que por azar se sentía como latigazos frescos y
profundos, habiéndose caído desde tan alto. Esos dígitos eran también los
partidos necesarios para el único resarcimiento a ese flagelo. Eran una
serpiente en el ojo, una promesa de que los sueños y las profecías se cumplen.
El
infante estaba en el partido 12 y ahora rozaba el destino. Por eso los demás
olvidaban su tierna condición: porque no tenía miedo. Los miles de hinchas en
Stamford Bridge y los miles afuera temblaban cuando todo se iba al suelo en el minuto
93, pero él siguió peleando. En el último instante fue llamado a hacer historia
y habría cumplido, al menos con su parte.
Ahí
fue cuando recibió otra lección, esta vez más dolorosa y sin remedio. El
árbitro le negó un penal clarísimo, que indudablemente vio. El niño quiso
gritar con todas sus fuerzas en nombre de la justicia, su esfuerzo,
merecimiento e ilusiones. Pero ¿qué es un grito si el villano no lo escucha?
Ballack recibió la amarilla y al niño le cambió la voz.

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