Ver cumplir una vieja promesa
Por: Daniel Hinojosa (@bigscaramouche).
La
burocracia secuestró a la retina. Ese mal endémico, personificado por tipos con
nariz fileña y gel a raudales, pecó, esta vez, por omisión. En una mesa de
encorbatados secuestradores reposó durante semanas una hoja en blanco que
representaba la espera de un mensaje. La junta directiva de Golden State hizo
caso omiso a la declaración de fidelidad de Rick Barry quien, al recibir el
flagrante coqueteo de aquella precoz y atractiva dama que era la naciente ABA,
decidió esperar una contraoferta proveniente de casa.
Es
1967. El afamado cuarteto de Liverpool canta Penny Lane en escenarios
abarrotados de pueriles féminas transpiradas que juegan a reventar sus
cavidades bucales, Jimmy Johnstone abandona Lisboa cargando la Copa de Europa
en hombros de una marea verde y Rick Barry permanece impasible sentado en la
mesa de madera contigua al comedor de su casa. Solo articulaba gesto alguno
para peinarse el copete cuando le caía sobre los ojos y le impedía seguir
mirando fijamente a la nada. En el espectro que lo rodea no vuela una mosca.
Seguramente Pam está con Bruce, su padre, celebrando la inevitable reunión de
la familia en los Oakland Oaks.
Rick
sigue aguardando una carta que no llegará. La tortuosa espera de la misiva le
hace pensar en las viudas de la segunda guerra. Y no, a pesar de tener que
afrontar un día que la señal de vida jamás arribaría al buzón de casa, ellas no
tuvieron reparo en seguir. ¿Si ellas no lo tuvieron, porqué habría de tenerlo
él?
Se
levantó de la silla de un tirón y la batió contra la mesa, revelándose contra
su episodio de nostalgia; permitido para humanos, no para él. Tomó la chaqueta
café que reposaba sobre el diván y puso rumbo a las oficinas del equipo. Más
tarde ese mismo día abandonó el edificio con los ojos hinchados de no llorar.
Oficialmente, la burocracia había secuestrado la retina de los fanáticos de la
bahía de San Francisco.
Un
pensador iraní de apellido Ahmad dijo que hay que dejar hablar al sufrimiento
para escuchar la verdad. Y la verdad era que Frank Mieuli, dueño del equipo, no
estaba listo para dejar ir a Rick. Su tristeza se tradujo en un símbolo, un
silencio y una promesa. El silencio fue el llanto a solas de su corazón durante
días. El símbolo fue un kilo de carga emocional muda: una camiseta con el dorsal
24 y el apellido Barry colgando en una pared de la oficina de Frank. La promesa
fueron las acciones, ocho años después, de un padre amoroso que anhelaba tener
a su niño con él.
Como en aquella historia de la biblia, el
regreso del hijo pródigo desembocó en una estruendosa fiesta. Esta fue ofrecida
para conmemorar que la gallardía, el vuelo y el tiro de cucharita del infante
de 31 años llevaron, el 25 de mayo de 1975, a su equipo a alzar su primer
anillo de oro al vasto cielo estadounidense. Esa noche se cumplió una vieja
promesa.

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